Legum idcirco omnes serui sumus, ut liberi esse possimus. Lo que Cicerón ya advirtió en el Pro Cluentio (146) y que tanta validez sigue teniendo hoy en día, parece, no obstante, haber sido conculcado innumerables veces a lo largo de una Historia repleta de sinsabores y altibajos, algo tan propio de la vida misma, a pesar de nuestros esfuerzos reiterados de vivir ajenos a ella. «Hecha la ley, hecha la trampa», reza el moderno refrán español, tan moderno que parece inventado hoy, o, al menos, hace cuarenta años, esos que han pasado desde la denominada democracia española (si no fuera un contrasentido, de esos a los que tan acostumbrados nos tiene la humanidad, no considerada en su conjunto, sino en cada individual. Solo que a este país se lo aplico en grado sumo, por ser un paraíso de sinsentidos y contradicciones. Será por eso de que la razón aquí escasea y florece más la apariencia). Que todos hemos de sujetarnos a la ley para poder ser libres es una paradoja y esas palabras de Cicerón se enmarcan en el terreno de la moral o filosofía política: nada nos haría más esclavos que conculcar las leyes que tenemos para precisamente no permitir la única ley del más fuerte, que siempre impondrá su voluntad. Esto también se aplicaría en política, pues si las leyes las hicieran la mayoría, cosa que normalmente sucede, y no tuvieran en cuenta el bien común mayor ni las necesidades ni derechos de todos, se podría dar el contrasentido de haberse aprobado por mayoría, en un sistema supuestamente democrático, en el que los representantes son elegidos, pero ser leyes injustas, como hemos visto en innumerables ocasiones en varias sociedades, por dejar de lado o no tener en cuenta los derechos de otros, por no respetar las minorías y garantizar sus justas demandas, por no defender a los indefensos. Y aquí entramos en otra disquisición, que es la de sobre qué se fundamenta el bien común, cuál es el fundamento de la ley. Durante mucho tiempo fue sobre el derecho natural y las leyes de la naturaleza humana supuestamente dadas por Dios, que hacía a cada ser humano respetable y digno de ser considerado. Luego vino a decirse que es el consenso sobre el que se fundamente la ley. Pero si es el consenso, ¿qué haremos cuando este opine de modo contrario a la justicia, la dignidad humana y los derechos inherentes a ella y apruebe leyes que conculquen todo o aspectos de ellos? Esto ha ocurrido y sigue ocurriendo en muchos países y nos quedamos como si no pasara nada o a lo sumo lamentándonos por aquellos que lo sufren, pero mira qué bien que no me ha pasado a mí.
Parcializar la realidad es otra manera de mentir. Ya que las cosas son complejas y múltiples, ¿cómo podemos reducirlas a solo un aspecto? ¿Y ese aspecto no es acaso solo una característica del hecho, el cual tiene sus implicaciones e se imbrida con otros aspectos que, si se dejan de lado, falsean el mismo? Este problema ha sido siempre el caballo de batalla de todos los revolucionarios y demás farsantes de la sociedad. El problema del falso arte o arte falsario. El problema de la ideología, que busca substituir lo complejo inasible e incontrolable de la realidad por un batiburrillo de ideas preconcebidas y encorsetadoras que den un marco adecuado al orden proyectado mentalmente. Han deseado substituir las religiones por otras menos probadas por la práctica y el tiempo y han creado otros monstruos a los que veneran con raro frenesí y cómico deleite. Y cuanto no cabe en su estrechez se desecha. Y a cuantos no comulguen con su credo se les quema. Hay demasiadas cosas dadas por sentadas en este mundo de hoy, lo mismo que las había en ese mundo de ayer y las hubo habido en el otro más anterior, y en todo caso se trata siempre de ver quién se lleva el gato al agua, o el toro a su redil, o arrima el ascua a su sardina, es decir, quien saca el mejor provecho sin importar que los otros salgan perjudicados. Hubo hasta quienes hicieron las leyes a su beneficio y no creo mentir si digo que sigue habiendo quienes lo hacen. Porque tener votos para gobernar no implica necesariamente gobernar bien y para el bien común, como a la vista está de quien lo pueda y lo quiera ver y me hace preguntarme qué les diferenciará de un totalitarismo si no es el camuflaje y que, en condiciones normales, se les puede apear en las siguientes elecciones (eso siempre que no tomen medidas para que eso no suceda, como también vemos que algunos hacen y a los demás poco menos que nos da igual).