No hay solución posible al dilema de la existencia; solo vivirla. Y para vivirla hay que aprender a hacerlo. Y ese aprendizaje tiene mucho de camino, de andadura, existencial si se quiere, un tanto anárquica y deslavazada, circunstancial, que toma de aquí y de allá lo que en cada momento le conviene o, simplemente, le queda a mano. Pero también tiene bastante del esfuerzo de la repetición para grabar en la memoria unos datos que nos serán útiles siempre, digan lo que digan los nuevos y muy poco fiables, a juzgar por los resultados, teóricos de la educación reunidos en comités de expertos y demás parafernalia altisonante. Yo me pregunto cuándo quedarán satisfechas esas gentes que gritan y se agitan pidiendo esto y aquello como si les faltase, cuando la realidad es que deberían agradecer cuanto tienen de muchísimo más que el ochenta y cinco por cien de los humanos del planeta, los cuales no dedican su tiempo a quejarse por todo, fundamentalmente porque no tienen tiempo para dejar de procurarse el sustento y, en esas circunstancias, la queja vana o la vana queja es un lujo que solo los afortunados primermundistas se pueden permitir. Pero, no obstante, yo creo que fundamentalmente, como ya apuntó Guitton, que era más sabio y más añejo que yo, en las sociedades opulentas florecen los insatisfechos, porque, al tener de todo, se hastían y se estragan y eso hace que no puedan tener gusto y se engañen con lo esencial. Miden normalmente sus necesidades por el rasero de lo disponible, no de lo necesario, con lo que acaban llamando necesidad a la necedad; cuestión solo de un par de letras.
Insatisfechos (vitales) y aprendizaje para la existencia