Es de pura lógica que de lo que se ignora no se puede hablar o como mucho se ha de decir que se ignora cuanto se refiere al tema en cuestión, cualquiera que este sea. Es de pura lógica y es una decencia intelectual también. Pero, hete aquí que no, que resulta que en estos lares cuanto menos se sabe de algo, más se pretende hablar de ello, incluso si se declara que poco se sabe. ¡Tremendo narcisismo!, si no es que sea mejor llamarlo estupidez o idiocia; no estoy muy seguro de cuál sea en cada caso. Nesciens ne loquatur, diría un latino. A este papanatismo de toda la vida le han dado incluso un nombre para encorsetarlo en las categorías de psicológico, el efecto Dunning-Kruger, que viene a decir que cuanto menos sabes de algo más impelido te vez a hablar sobre ello porque te crees que sabes más de lo que realmente sabes. ¡Toma ya! Ni que todos los ignorantes se pusieran a montar periódicos y a escribir en revistas de investigación (aunque, dado lo visto, casi que es eso), más bien será que tal efecto se aplique solo a los que ya parten de andar algo instruidos en algún tema y eso les hace creer que lo estarán para todos los demás. No pretendo que recurramos al silencio, salvo cuando sea preciso, porque el hablar consuela y sostiene a tantos cuya vida es un tormento de vacuas ilusiones, pero nada se pierde si alguna vez decimos simplemente que sobre esto no sabemos nada. ¿Acaso no lo practican algunos políticos cuando les conviene? Pues aquellos que tanto les adoran podrán aplicarse igualmente la receta.
De lo que se ignora no se puede hablar